Reportaje de Radio Provincia, La Plata
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miércoles, 3 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
A dónde fue a parar el crecimiento en la era K? Diario CRITICA
Entrevista del Diario Crítica a Javier Lindenboim y a Alejandro Barrios sobre la distribución del ingreso durante el kirchnerismo
El país / Edición Impresa
polémica entre los economistas javier lindenboim y alejandro barrios sobre la distribución de la riqueza
¿Adónde fue a parar el crecimiento de la era K?
“La participación de los trabajadores en el ingreso era mejor durante el menemismo”, dispara Lindenboim, a lo que Barrios retruca: “La mejora bajo el kirchnerismo fue de 25por ciento”. ¿Quién tiene la razón? El debate quedó abierto.
Tomás Canosa
31.05.2009
Crítica de la Argentina juntó a dos especialistas para debatir sobre la distribución del ingreso. Por un lado, el reconocido investigador del Conicet y director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPED), Javier Lindenboim. También al presidente de la Comisión Nacional de Comercio Exterior y ex director del INDEC durante 2007, Alejandro Barrios. Desde posiciones antagónicas –Lindenboim critica la intervención del instituto que hace un par de años tuvo a Barrios como uno de sus protagonistas, mientras que este último defiende a ultranza la política oficial–, la polémica sirve para echar luz sobre uno de los caballitos de batalla de la administración kirchnerista: la aparente mejora de los trabajadores en el reparto de la torta. ¿Es así? La intervención del INDEC y la falta de datos oficiales impiden una respuesta indiscutible. Lindemboim y Barrios, entonces, polemizan sobre la cuestión.
–Hay informes de la UBA, de la UCA y de consultoras privadas que aseguran que desde 2006 la distribución del ingreso se estancó. ¿Cómo analizan la situación actual?
Alejandro Barrios (AB): –Hoy se discuten aumentos de salarios de entre 15 y 20 por ciento, que superan holgadamente al aumento de precios. No tengo por qué pensar que la recuperación del salario respecto del PBI se va a detener. Va a aumentar la participación del salario y los datos de 2008 dicen eso. Es obvio que la puja distributiva se va a saldar a favor de los trabajadores, como se ha venido haciendo, y el acto de la CGT del 1 de Mayo es una muestra de eso. La otra alternativa que hay es por la vía exportaciones, como quiere la oposición con el modelo agroexportador. Acá se están generando condiciones para que vuelva la distribución del 50 y 50 que hubo antes del 55, cuando los trabajadores recibían la mitad del ingreso y la otra mitad los capitalistas.
Javier Lindenboim (JL): –Sabemos que no sabemos nada desde hace dos años por falta de datos testigo. En este último período, desgraciadamente para el sector del trabajo, la tendencia de la recuperación de los trabajadores se ha quedado estancada. Seguramente en 2007 y 2008, si tenemos datos para verificarlo, se va a demostrar que la participación dejó de crecer y se estancó. Ésa es la verdad. El ritmo de aumento del empleo se achicó violentamente y hasta lo dice el INDEC. El Producto siguió creciendo mientras que el empleo no. Estamos en la lona. Entre 2003 y 2006 la distribución estuvo motorizada por el incremento de puestos de trabajo principalmente, pero en 2007 y 2008 no. Encima, nadie sensato puede creer que en los últimos dos años subió el salario real tomando mecánicamente el índice de precios del INDEC. En ese caso, los salarios reales promedio deberían haber crecido 18 por ciento.
–¿Cómo fue el reparto de la torta durante el mandato de Néstor Kirchner?
AB: –Entre 2003 y 2007, la participación de la masa salarial, la suma de todos los salarios que les pagan a los trabajadores, creció 25 por ciento. Pasó del 34,3 al 42,9 por ciento. Los trabajadores se apropiaban antes del 34,3% de la torta y hasta 2007 del 42,9 por ciento. Este gobierno es una muestra de querer proteger el empleo local y genera un escenario para que se creen nuevos puestos y se cuiden los actuales. Se avanzó en la distribución porque se implementaron políticas públicas para eso. Nadie legitimó la puja distributiva como lo hizo este gobierno.
JL: –Barrios explica la mejora del sector medio en comparación con el de mayores ingresos. La porción que pierde el de arriba y gana el del medio también la pierde el grupo que está más abajo. Si un gobierno tiene en verdad la vocación de proteger a los sectores más desprotegidos no entiendo por qué se ocultan los datos, y por qué los resultados de la gestión empeoran al de abajo.
Nadie pone en discusión el incremento del empleo entre 2003 y 2006. Los trabajadores recibían el 28% tras el derrumbe de la convertibilidad y en 2006 mordían el 34% según trabajos que hicimos desde el CEPED. Que hubo una recuperación de la participación es innegable, pero miremos dónde estamos respecto de la historia. En el comienzo del menemismo había mayor participación que tuvo picos arriba del 40 y un piso del 35 por ciento, y nadie que haya leído mis cosas puede acusarme de defender al menemismo. Según un gráfico del economista Luis Beccaria estamos en niveles promedio con salarios reales similares a los de la década del 30.
AB: –Obviamente el impacto distributivo iba a estar más localizado en los sectores que reciben un ingreso salarial. Ahora, eso no significa que estemos peor que en los 90. Creo que esta situación va a ir cambiando en la Argentina porque la clase media está recuperando ingresos más allá de que cuestionemos metodologías o niveles. En los 90 estos sectores perdían siempre y ahora no pierden siempre. Es una situación evidente que la situación del campo popular mejoró. El mejor lector de la crisis 2001-2002 fue Néstor Kirchner, y él fue, junto a mucha gente del Gobierno, el que plantó la discusión de la puja distributiva.
–¿Cómo se desarrollará esa puja de ahora en más?
JL: –La cuestión central para hacer hincapié es si la manera de enfrentar las cuestiones distributivas se encara a partir de un horizonte de expectativas favorables, o si eso es sólo una expresión de deseos. En cualquier caso, es central saber que la pobreza no afecta ni al 15 ni al 20%, sino a más del 30% de la población. Sin embargo, yo no lo puedo mostrar porque no soy el INDEC.
AB: –Los datos de 2009 van a seguir mostrando que crece la participación de los trabajadores en la masa salarial. Los aumentos de sueldos del sector privado superan largamente la variación de precios, con lo cual no veo que esa tendencia se vaya a detener.
–¿El accionar del Gobierno por la mejora de la distribución se corresponde con su propio discurso?
JL: –El resultado de la situación es que la política no es popular, aunque se vista de popular, si no se pone sobre el tapete la discusión sobre la distribución. Se puede decir que se lucha contra las grandes empresas, pero son las grandes empresas las que se terminan beneficiando objetivamente. Hay análisis, objetivamente corroborables, como el de la CTA, que aseguran que la concentración se sigue agudizando.
AB: –Qué sé yo, eso lo dice Claudio Lozano.
JL: –Pero lo firma la CTA.
AB: –Parte de la CTA (risas). Este gobierno sí generó agenda pública sobre la distribución, y no está a la derecha, sino a la izquierda de la sociedad. En la actualidad no dice que se discutan menos salarios. Tengo la expectativa de que mis hijos trabajen en este país y en el otro modelo no tengo esa expectativa.
JL: –Como decía Perón, a lo mejor hay una tercera posición (risas).
–¿Cuál debería ser el principal instrumento para implementar?
AB: –Todos los que militamos en algún momento queremos gravar la renta financiera y que la estructura se parezca a la de los países europeos. Es un escenario que debe crearse porque en política las cosas no suceden como una situación académica. Hay que generar una masa crítica para que tenga un escenario viable políticamente.
JL: –Hay cuestiones que si uno no las pone en el tapete, por las razones que fuera, sabotea a su propio pensamiento. No entiendo por qué en seis años de mayoría absoluta no se planteó una discusión de reforma impositiva profunda, que sea progresiva, integralmente convencida y que no esté centralmente concentrada en los impuestos indirectos, como son las retenciones. Kirchner habló sobre una reforma cuando asumió y se olvidó. Es un detalle importante que va al centro del debate sobre los que tienen el poder económico y los que no. Hay que discutir si el Estado se considera con derecho de apropiarse o no de la renta empresarial a partir del aumento de la productividad para después transferirla a los salarios. Esto no está en la agenda de la oposición ni tampoco del oficialismo. En el Gobierno me dijeron que era un problema porque el dilema de la productividad no le importaba a nadie, ni siquiera a la dirigencia sindical. Lo cual, de ser cierto, me parece terrible.
OPINIÓN
Yo coltal tolta
Alejandro Bercovich
Como en la mítica publicidad televisiva del perfume Pibe’s de los años 80, donde un infantil aspirante a karateca ensayaba una toma para dividir con la mano una torta de cumpleaños, la gestión Kirchner practicó una eficaz redistribución del ingreso “a lo bruto” en los años inmediatamente posteriores al estallido de 2001-2002. Forzó varias subas de sueldos por decreto cuando los trabajadores no tenían poder para arrancárselas a los empresarios, devolvió su rol a un salario mínimo, vital y móvil que había quedado de adorno y permitió que se jubilaran quienes no habían podido aportar en tiempos de crisis.
Aunque escasas, esas medidas compensaron parte del mazazo que habían sufrido los sectores más pobres durante la convertibilidad y su implosión. Lo que no suelen recordar los K es que al mismo tiempo, por el crecimiento inédito que experimentó la economía y el inmejorable contexto mundial, los más ricos inflaron sus billeteras como nunca. La suya se recordará como la era del cordero con malbec, de Mar de las Pampas, de los Mini Cooper, de las torres con pileta, de los barrios cerrados y de la expansión de Puerto Madero.
Para cortar bien una torta no alcanza con la mano invisible del mercado. Hace falta un cuchillo filoso o una espátula dura. Si el Estado no interviene a favor de los más débiles, el derrame no llega nunca. Por eso, hoy, el 10% más rico de la población gana 33,5 veces más que el 10% más pobre. Una brecha menor que la de 2003 pero idéntica a la de dos años y medio atrás, cuando la inflación le clavó los frenos a la redistribución. Un abismo mayor que el vigente durante toda la década del 90, con excepción de su pico hiperinflacionario inicial.
No es que los K estén “a la izquierda de la sociedad” –como dicen sus partidarios más posibilistas– y que hayan intentado subir las retenciones a la soja para hacer justicia distributiva. Lo intentaron para financiar los subsidios multimillonarios que entregan a los grupos económicos más concentrados del país. Y para cumplir puntualmente con los pagos de la deuda pública, que este año insumirán 12.200 millones de dólares y que finalmente cubrirán con plata de los futuros jubilados.
Pero, además de los instrumentos, para cortar una corta hace falta verla. Y la intervención del INDEC es como una venda sobre los ojos del país. Oculta que uno de cada tres argentinos es pobre, que hay más indigentes que en los 90 y que los salarios reales no paran de caer desde la última dictadura. Un enchastre, como el del niño karateca perfumado por Pibe’s.
–Hay informes de la UBA, de la UCA y de consultoras privadas que aseguran que desde 2006 la distribución del ingreso se estancó. ¿Cómo analizan la situación actual?
Alejandro Barrios (AB): –Hoy se discuten aumentos de salarios de entre 15 y 20 por ciento, que superan holgadamente al aumento de precios. No tengo por qué pensar que la recuperación del salario respecto del PBI se va a detener. Va a aumentar la participación del salario y los datos de 2008 dicen eso. Es obvio que la puja distributiva se va a saldar a favor de los trabajadores, como se ha venido haciendo, y el acto de la CGT del 1 de Mayo es una muestra de eso. La otra alternativa que hay es por la vía exportaciones, como quiere la oposición con el modelo agroexportador. Acá se están generando condiciones para que vuelva la distribución del 50 y 50 que hubo antes del 55, cuando los trabajadores recibían la mitad del ingreso y la otra mitad los capitalistas.
Javier Lindenboim (JL): –Sabemos que no sabemos nada desde hace dos años por falta de datos testigo. En este último período, desgraciadamente para el sector del trabajo, la tendencia de la recuperación de los trabajadores se ha quedado estancada. Seguramente en 2007 y 2008, si tenemos datos para verificarlo, se va a demostrar que la participación dejó de crecer y se estancó. Ésa es la verdad. El ritmo de aumento del empleo se achicó violentamente y hasta lo dice el INDEC. El Producto siguió creciendo mientras que el empleo no. Estamos en la lona. Entre 2003 y 2006 la distribución estuvo motorizada por el incremento de puestos de trabajo principalmente, pero en 2007 y 2008 no. Encima, nadie sensato puede creer que en los últimos dos años subió el salario real tomando mecánicamente el índice de precios del INDEC. En ese caso, los salarios reales promedio deberían haber crecido 18 por ciento.
–¿Cómo fue el reparto de la torta durante el mandato de Néstor Kirchner?
AB: –Entre 2003 y 2007, la participación de la masa salarial, la suma de todos los salarios que les pagan a los trabajadores, creció 25 por ciento. Pasó del 34,3 al 42,9 por ciento. Los trabajadores se apropiaban antes del 34,3% de la torta y hasta 2007 del 42,9 por ciento. Este gobierno es una muestra de querer proteger el empleo local y genera un escenario para que se creen nuevos puestos y se cuiden los actuales. Se avanzó en la distribución porque se implementaron políticas públicas para eso. Nadie legitimó la puja distributiva como lo hizo este gobierno.
JL: –Barrios explica la mejora del sector medio en comparación con el de mayores ingresos. La porción que pierde el de arriba y gana el del medio también la pierde el grupo que está más abajo. Si un gobierno tiene en verdad la vocación de proteger a los sectores más desprotegidos no entiendo por qué se ocultan los datos, y por qué los resultados de la gestión empeoran al de abajo.
Nadie pone en discusión el incremento del empleo entre 2003 y 2006. Los trabajadores recibían el 28% tras el derrumbe de la convertibilidad y en 2006 mordían el 34% según trabajos que hicimos desde el CEPED. Que hubo una recuperación de la participación es innegable, pero miremos dónde estamos respecto de la historia. En el comienzo del menemismo había mayor participación que tuvo picos arriba del 40 y un piso del 35 por ciento, y nadie que haya leído mis cosas puede acusarme de defender al menemismo. Según un gráfico del economista Luis Beccaria estamos en niveles promedio con salarios reales similares a los de la década del 30.
AB: –Obviamente el impacto distributivo iba a estar más localizado en los sectores que reciben un ingreso salarial. Ahora, eso no significa que estemos peor que en los 90. Creo que esta situación va a ir cambiando en la Argentina porque la clase media está recuperando ingresos más allá de que cuestionemos metodologías o niveles. En los 90 estos sectores perdían siempre y ahora no pierden siempre. Es una situación evidente que la situación del campo popular mejoró. El mejor lector de la crisis 2001-2002 fue Néstor Kirchner, y él fue, junto a mucha gente del Gobierno, el que plantó la discusión de la puja distributiva.
–¿Cómo se desarrollará esa puja de ahora en más?
JL: –La cuestión central para hacer hincapié es si la manera de enfrentar las cuestiones distributivas se encara a partir de un horizonte de expectativas favorables, o si eso es sólo una expresión de deseos. En cualquier caso, es central saber que la pobreza no afecta ni al 15 ni al 20%, sino a más del 30% de la población. Sin embargo, yo no lo puedo mostrar porque no soy el INDEC.
AB: –Los datos de 2009 van a seguir mostrando que crece la participación de los trabajadores en la masa salarial. Los aumentos de sueldos del sector privado superan largamente la variación de precios, con lo cual no veo que esa tendencia se vaya a detener.
–¿El accionar del Gobierno por la mejora de la distribución se corresponde con su propio discurso?
JL: –El resultado de la situación es que la política no es popular, aunque se vista de popular, si no se pone sobre el tapete la discusión sobre la distribución. Se puede decir que se lucha contra las grandes empresas, pero son las grandes empresas las que se terminan beneficiando objetivamente. Hay análisis, objetivamente corroborables, como el de la CTA, que aseguran que la concentración se sigue agudizando.
AB: –Qué sé yo, eso lo dice Claudio Lozano.
JL: –Pero lo firma la CTA.
AB: –Parte de la CTA (risas). Este gobierno sí generó agenda pública sobre la distribución, y no está a la derecha, sino a la izquierda de la sociedad. En la actualidad no dice que se discutan menos salarios. Tengo la expectativa de que mis hijos trabajen en este país y en el otro modelo no tengo esa expectativa.
JL: –Como decía Perón, a lo mejor hay una tercera posición (risas).
–¿Cuál debería ser el principal instrumento para implementar?
AB: –Todos los que militamos en algún momento queremos gravar la renta financiera y que la estructura se parezca a la de los países europeos. Es un escenario que debe crearse porque en política las cosas no suceden como una situación académica. Hay que generar una masa crítica para que tenga un escenario viable políticamente.
JL: –Hay cuestiones que si uno no las pone en el tapete, por las razones que fuera, sabotea a su propio pensamiento. No entiendo por qué en seis años de mayoría absoluta no se planteó una discusión de reforma impositiva profunda, que sea progresiva, integralmente convencida y que no esté centralmente concentrada en los impuestos indirectos, como son las retenciones. Kirchner habló sobre una reforma cuando asumió y se olvidó. Es un detalle importante que va al centro del debate sobre los que tienen el poder económico y los que no. Hay que discutir si el Estado se considera con derecho de apropiarse o no de la renta empresarial a partir del aumento de la productividad para después transferirla a los salarios. Esto no está en la agenda de la oposición ni tampoco del oficialismo. En el Gobierno me dijeron que era un problema porque el dilema de la productividad no le importaba a nadie, ni siquiera a la dirigencia sindical. Lo cual, de ser cierto, me parece terrible.
OPINIÓN
Yo coltal tolta
Alejandro Bercovich
Como en la mítica publicidad televisiva del perfume Pibe’s de los años 80, donde un infantil aspirante a karateca ensayaba una toma para dividir con la mano una torta de cumpleaños, la gestión Kirchner practicó una eficaz redistribución del ingreso “a lo bruto” en los años inmediatamente posteriores al estallido de 2001-2002. Forzó varias subas de sueldos por decreto cuando los trabajadores no tenían poder para arrancárselas a los empresarios, devolvió su rol a un salario mínimo, vital y móvil que había quedado de adorno y permitió que se jubilaran quienes no habían podido aportar en tiempos de crisis.
Aunque escasas, esas medidas compensaron parte del mazazo que habían sufrido los sectores más pobres durante la convertibilidad y su implosión. Lo que no suelen recordar los K es que al mismo tiempo, por el crecimiento inédito que experimentó la economía y el inmejorable contexto mundial, los más ricos inflaron sus billeteras como nunca. La suya se recordará como la era del cordero con malbec, de Mar de las Pampas, de los Mini Cooper, de las torres con pileta, de los barrios cerrados y de la expansión de Puerto Madero.
Para cortar bien una torta no alcanza con la mano invisible del mercado. Hace falta un cuchillo filoso o una espátula dura. Si el Estado no interviene a favor de los más débiles, el derrame no llega nunca. Por eso, hoy, el 10% más rico de la población gana 33,5 veces más que el 10% más pobre. Una brecha menor que la de 2003 pero idéntica a la de dos años y medio atrás, cuando la inflación le clavó los frenos a la redistribución. Un abismo mayor que el vigente durante toda la década del 90, con excepción de su pico hiperinflacionario inicial.
No es que los K estén “a la izquierda de la sociedad” –como dicen sus partidarios más posibilistas– y que hayan intentado subir las retenciones a la soja para hacer justicia distributiva. Lo intentaron para financiar los subsidios multimillonarios que entregan a los grupos económicos más concentrados del país. Y para cumplir puntualmente con los pagos de la deuda pública, que este año insumirán 12.200 millones de dólares y que finalmente cubrirán con plata de los futuros jubilados.
Pero, además de los instrumentos, para cortar una corta hace falta verla. Y la intervención del INDEC es como una venda sobre los ojos del país. Oculta que uno de cada tres argentinos es pobre, que hay más indigentes que en los 90 y que los salarios reales no paran de caer desde la última dictadura. Un enchastre, como el del niño karateca perfumado por Pibe’s.
martes, 26 de mayo de 2009
Cómo estamos en materia de pobreza, empleo, etc. antes de las elecciones de 2009?
Reportaje de Gerardo De Santis UNLP, Espacio económico, a raíz del artículo periodístico "El maquillaje no baja la pobreza"
PARTE 1
PARTE 2
PARTE 1
PARTE 2
domingo, 17 de mayo de 2009
Los asalariados aún lejos de recuperar su parte en el PBI G Bustelo Diario Los Andes
Pese al discurso, los asalariados siguen lejos de recuperar su cuota en el PBI
Tras años de crecimiento, los trabajadores acaparan el 35%; cifra más baja que los gloriosos 50 y aún los ?90.
LEER LA NOTA
sábado, 16 de mayo de 2009
Estadísticas públicas, política y otras cuestiones en el libro editado por Eudeba
Reportaje de Damián Toschi, Radio Universidad de La Plata
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INDEC,
POLITICA ECONOMICA
sábado, 18 de abril de 2009
¿El modelo K fue otra versión fallida de la teoría del derrame? Diario CRITICA
En esta columna, Maximiliano Montenegro utiliza los trabajos del CEPED para fundamentar su análisis sobre el tema distributivo.
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El país
PANORAMA ECONÓMICO
El reparto de la torta
La desigualdad y la pobreza son tan altas como en la década menemista. ¿El modelo K fue otra versión fallida de la teoría del derrame? Maximiliano Montenegro.
Por M. Montenegro
18.04.2009
Fotografía de la nota
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La inseguridad parece instalarse como un tema central en la campaña electoral, junto con las leyes penales y las medidas represivas para afrontarla. Pero son contados los dirigentes políticos que discuten sobre las causas sociales del fenómeno. La presidenta, Cristina Fernández, se atrevió un par de semanas atrás a enunciar una explicación de raíz social: “Está comprobado que la brecha social, la extrema riqueza conviviendo con la extrema pobreza acrecienta increíblemente los niveles de inseguridad. La diferencia entre el que tiene todo y el que no tiene nada va creando en la sociedad niveles de resentimiento y de deseo de tener lo del otro a cualquier costo”, afirmó durante la presentación de un plan de equipamiento policial y más fuerzas de seguridad en la calle. Con ese acertado diagnóstico, ¿reconocerá también Cristina que la inequidad es hoy tan alta como durante la era menemista? ¿O la Presidenta sólo hablaba en términos teóricos, porque cree que ésta es una sociedad cada vez más equitativa, gracias a que Moreno metió mano dura en los índices del INDEC? ¿Cuál fue el modelo K de redistribución del ingreso durante estos años de crecimiento a tasas chinas? ¿No fue acaso una nueva versión de la teoría del derrame? Veamos.
TORTAZO. Empecemos por el principio. La riqueza que producen cada año los argentinos se denomina Producto Bruto Interno. El crecimiento del PBI indica que la torta de ingresos a repartir se agranda.
Cómo se reparte esa torta del PBI (compuesta por salarios, remuneraciones, ganancias) es lo que mide la distribución del ingreso: qué porciones de la torta se llevan trabajadores, empresarios; sectores altos, medios o bajos, son distintas maneras de medir el reparto.
Durante los últimos seis años, el PBI engordó a tasas récord: casi 50%, en términos reales. Pero ¿qué sucedió con el reparto de las porciones?
Una forma de medirlo es la llamada “distribución funcional”, que determina cuánto de la torta se llevan los trabajadores (como salarios) y cuánto el resto: empresarios (como ganancias) y rentistas.
Perón hablaba del famoso 50 y 50. En su concepción de la justicia social, los trabajadores debían recibir la mitad del ingreso y la otra mitad los capitalistas. Según diversas fuentes (BCRA, CEPED), ésa era aproximadamente la distribución a principios de la década del 50 y en 1973/74.
Javier Lindenboim, director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPED), reconstruyó una serie de participación asalariada en el ingreso entre 1935-2006 (“¿Qué hay detrás de la distribución funcional del ingreso?”, junto a Juan Graña y Damián Kennedy, CEPEDUBA, marzo 2009). Los datos llegan hasta 2006, porque desde 2007 –cuando se empezaron a falsear los índices de inflación del INDEC– Guillermo Moreno ocultó la base de datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), insumo esencial para los estudios de pobreza, indigencia y distribución del ingreso, entre otros indicadores sociales. Según los cálculos de Lindenboim, en 2006, los asalariados mordían un 34% del pastel, mientras que el resto iba a los bolsillos de los empresarios. Desde entonces, el investigador cree que, en el mejor de los casos, la situación se mantuvo; aunque es probable que haya empeorado levemente a partir del segundo semestre de 2008, como consecuencia de la inflación y el freno en la tasa de creación de empleos.
Como sea, la mejora es sustancial en comparación con la situación en plena crisis de 2002, tras el derrumbe de la convertibilidad: entonces, los trabajadores recibieron apenas el 27% del PBI.
Sin embargo, la distribución actual sigue siendo más desfavorable para los trabajadores que la del año 2001, previo a la crisis: cuando la masa salarial representaba el 38% del producto. Y en la serie de Lindemboin es peor también a la de toda la década menemista: cuando osciló entre picos arriba del 40% –en 1993/1994– y un piso del 35 por ciento, en la recesión postequila.
TERMÓMETRO OFICIAL. Comparemos con la medición oficial. El año pasado, la Dirección Nacional de Cuentas Nacionales publicó, como documento del INDEC, una serie de distribución del ingreso para el período 1993-2007. Luego fue actualizada para 2008. Dejando de lado los datos de los últimos dos años –que sólo el mago Moreno sabe cómo se construyeron– difiere respecto de la medición de Lindenboin básicamente a partir de 2002, no en la tendencia, sino en el nivel. Para la medición del INDEC, la caída de la participación salarial en el PBI en 2002 no fue tan pronunciada y, la recuperación, fue levemente más rápida. En 2002, retrocedió al 34,6%. Y se recuperó hasta el 41,5% en 2006. Es una participación similar a la de los trabajadores en 2000/2001, previa a la crisis. Mejora respecto del período 95-98 (cuando osciló entre 40 y 37%). Pero es una distribución peor de la que existía durante el primer gobierno de Menem, en el período 93/94: cuando María Julia Alsogaray posaba desnuda con tapado de pieles. Otra manera de medir la distribución es dividiendo a la sociedad en grupos sociales (ricos, pobres, clase media) y observar cuánto de la tarta de ingresos se lleva cada grupo. Según los cálculos de la FETyP (Fundación Estado, Trabajo y Producción), en base a EPH-INDEC, desde 1974 en adelante, el quinto más pobre de la población viene perdiendo peso en la distribución sin interrupciones. Antes del Rodrigazo, se quedaba con el 6,1% del ingreso; en 1994, con el 4,6%; en 2004, con el 4%, y en 2006 (“hoy”) con el 3,7%.
A partir de 2003, el quinto más rico de la población cedió una tajada del ingreso a favor de los sectores medios. Pero todavía sigue acaparando una porción tan suculenta como durante buena parte del menemismo: 51,6% de la torta. Además, cedió, en proporción, menos que el sector más pobre: así la brecha de ingresos entre el quinto más rico y el más pobre llegó al récord de 13,9 veces; contra 13,5 veces en 2004; 11,1 veces en 2004, y 7 veces en 1974.
Para una sociedad que se encuentra a las puertas de una nueva a recesión, el modelo kirchnerista de redistribución no muestra resultados demasiado auspiciosos.
DISCIPLINADOR. La crisis actuó en las últimas cuatro décadas como gran “disciplinador social” y “moderador de expectativas”. Década tras década, la sociedad argentina soportó niveles de pobreza e inequidad en ascenso. La tolerancia frente a ese proceso incesante de degradación social tal vez pueda explicarse por el impacto provocado por las sucesivas crisis en la memoria colectiva. Antes de la hiperinflación, era impensado que la Argentina pudiera llegar a soportar los niveles de pobreza y desigualdad de la década menemista. Sin embargo, durante buena parte de su mandato, en especial antes de la recesión de 95, Menem exaltó –y ganó elecciones– gracias a las mejoras de los indicadores sociales frente a los picos de miseria de 89/90. Los avances sociales que exalta el matrimonio K son notorios frente a la megacrisis de 2002. Pero ni siquiera en estos últimos años de acelerada expansión se logró bajar del nuevo piso de desigualdad y pobreza cimentado en la década de los 90. Hoy, según Artemio López la pobreza rondaría el 27%, mientras que otras estimaciones (Ernesto Kritz o Claudio Lozano) la sitúan arriba del 30%. En cualquier caso, por encima del promedio de la era menemista.
En un interesante estudio, Gervasio Arakaki y María del Pilar Piqué (“La disparidad salarial. Una aproximación al Estudio de la Distribución del Ingreso en Argentina en el período 2003-2007”, CEPED-UBA, 2009) afirman que, una vez más, la “teoría del derrame” fracasó. Y explican la persistencia de la desigualdad y la pobreza por la enorme segmentación en el mercado de trabajo. Desde 2003, ante un sostenido incremento de la ocupación, el empleo en negro se mantuvo en niveles elevadísimos y sólo perdió participación en la fuerza de trabajo total porque el aumento del empleo en blanco fue todavía mayor. En el período, la brecha salarial entre empleados registrados y no registrados pasó del 120% más de sueldo al 140 por ciento. Más de cuatro millones de trabajadores informales constituyen un núcleo duro de la pobreza y la desigualdad.
Los economistas advierten, además, que en este segmento “las únicas posibilidades de aumentos salariales parecería presentarse cuando la necesidad de absorción de mano de obra es excesiva”. Y se preguntan cuáles son las chances de conservar poder de compra de estos trabajadores en un escenario recesivo.
La eliminación de la Tablita de Machinea, para los empleados con sueldos de bolsillo de más de 7.000 pesos, o los planes de compra de autos 0 km son medidas que apuntan a otro lado: al sector sindicalizado y mejor pago del universo laboral. No parecerían las mejores políticas redistributivas en una economía que se vuelve a deslizar sobre el tobogán.
TORTAZO. Empecemos por el principio. La riqueza que producen cada año los argentinos se denomina Producto Bruto Interno. El crecimiento del PBI indica que la torta de ingresos a repartir se agranda.
Cómo se reparte esa torta del PBI (compuesta por salarios, remuneraciones, ganancias) es lo que mide la distribución del ingreso: qué porciones de la torta se llevan trabajadores, empresarios; sectores altos, medios o bajos, son distintas maneras de medir el reparto.
Durante los últimos seis años, el PBI engordó a tasas récord: casi 50%, en términos reales. Pero ¿qué sucedió con el reparto de las porciones?
Una forma de medirlo es la llamada “distribución funcional”, que determina cuánto de la torta se llevan los trabajadores (como salarios) y cuánto el resto: empresarios (como ganancias) y rentistas.
Perón hablaba del famoso 50 y 50. En su concepción de la justicia social, los trabajadores debían recibir la mitad del ingreso y la otra mitad los capitalistas. Según diversas fuentes (BCRA, CEPED), ésa era aproximadamente la distribución a principios de la década del 50 y en 1973/74.
Javier Lindenboim, director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPED), reconstruyó una serie de participación asalariada en el ingreso entre 1935-2006 (“¿Qué hay detrás de la distribución funcional del ingreso?”, junto a Juan Graña y Damián Kennedy, CEPEDUBA, marzo 2009). Los datos llegan hasta 2006, porque desde 2007 –cuando se empezaron a falsear los índices de inflación del INDEC– Guillermo Moreno ocultó la base de datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), insumo esencial para los estudios de pobreza, indigencia y distribución del ingreso, entre otros indicadores sociales. Según los cálculos de Lindenboim, en 2006, los asalariados mordían un 34% del pastel, mientras que el resto iba a los bolsillos de los empresarios. Desde entonces, el investigador cree que, en el mejor de los casos, la situación se mantuvo; aunque es probable que haya empeorado levemente a partir del segundo semestre de 2008, como consecuencia de la inflación y el freno en la tasa de creación de empleos.
Como sea, la mejora es sustancial en comparación con la situación en plena crisis de 2002, tras el derrumbe de la convertibilidad: entonces, los trabajadores recibieron apenas el 27% del PBI.
Sin embargo, la distribución actual sigue siendo más desfavorable para los trabajadores que la del año 2001, previo a la crisis: cuando la masa salarial representaba el 38% del producto. Y en la serie de Lindemboin es peor también a la de toda la década menemista: cuando osciló entre picos arriba del 40% –en 1993/1994– y un piso del 35 por ciento, en la recesión postequila.
TERMÓMETRO OFICIAL. Comparemos con la medición oficial. El año pasado, la Dirección Nacional de Cuentas Nacionales publicó, como documento del INDEC, una serie de distribución del ingreso para el período 1993-2007. Luego fue actualizada para 2008. Dejando de lado los datos de los últimos dos años –que sólo el mago Moreno sabe cómo se construyeron– difiere respecto de la medición de Lindenboin básicamente a partir de 2002, no en la tendencia, sino en el nivel. Para la medición del INDEC, la caída de la participación salarial en el PBI en 2002 no fue tan pronunciada y, la recuperación, fue levemente más rápida. En 2002, retrocedió al 34,6%. Y se recuperó hasta el 41,5% en 2006. Es una participación similar a la de los trabajadores en 2000/2001, previa a la crisis. Mejora respecto del período 95-98 (cuando osciló entre 40 y 37%). Pero es una distribución peor de la que existía durante el primer gobierno de Menem, en el período 93/94: cuando María Julia Alsogaray posaba desnuda con tapado de pieles. Otra manera de medir la distribución es dividiendo a la sociedad en grupos sociales (ricos, pobres, clase media) y observar cuánto de la tarta de ingresos se lleva cada grupo. Según los cálculos de la FETyP (Fundación Estado, Trabajo y Producción), en base a EPH-INDEC, desde 1974 en adelante, el quinto más pobre de la población viene perdiendo peso en la distribución sin interrupciones. Antes del Rodrigazo, se quedaba con el 6,1% del ingreso; en 1994, con el 4,6%; en 2004, con el 4%, y en 2006 (“hoy”) con el 3,7%.
A partir de 2003, el quinto más rico de la población cedió una tajada del ingreso a favor de los sectores medios. Pero todavía sigue acaparando una porción tan suculenta como durante buena parte del menemismo: 51,6% de la torta. Además, cedió, en proporción, menos que el sector más pobre: así la brecha de ingresos entre el quinto más rico y el más pobre llegó al récord de 13,9 veces; contra 13,5 veces en 2004; 11,1 veces en 2004, y 7 veces en 1974.
Para una sociedad que se encuentra a las puertas de una nueva a recesión, el modelo kirchnerista de redistribución no muestra resultados demasiado auspiciosos.
DISCIPLINADOR. La crisis actuó en las últimas cuatro décadas como gran “disciplinador social” y “moderador de expectativas”. Década tras década, la sociedad argentina soportó niveles de pobreza e inequidad en ascenso. La tolerancia frente a ese proceso incesante de degradación social tal vez pueda explicarse por el impacto provocado por las sucesivas crisis en la memoria colectiva. Antes de la hiperinflación, era impensado que la Argentina pudiera llegar a soportar los niveles de pobreza y desigualdad de la década menemista. Sin embargo, durante buena parte de su mandato, en especial antes de la recesión de 95, Menem exaltó –y ganó elecciones– gracias a las mejoras de los indicadores sociales frente a los picos de miseria de 89/90. Los avances sociales que exalta el matrimonio K son notorios frente a la megacrisis de 2002. Pero ni siquiera en estos últimos años de acelerada expansión se logró bajar del nuevo piso de desigualdad y pobreza cimentado en la década de los 90. Hoy, según Artemio López la pobreza rondaría el 27%, mientras que otras estimaciones (Ernesto Kritz o Claudio Lozano) la sitúan arriba del 30%. En cualquier caso, por encima del promedio de la era menemista.
En un interesante estudio, Gervasio Arakaki y María del Pilar Piqué (“La disparidad salarial. Una aproximación al Estudio de la Distribución del Ingreso en Argentina en el período 2003-2007”, CEPED-UBA, 2009) afirman que, una vez más, la “teoría del derrame” fracasó. Y explican la persistencia de la desigualdad y la pobreza por la enorme segmentación en el mercado de trabajo. Desde 2003, ante un sostenido incremento de la ocupación, el empleo en negro se mantuvo en niveles elevadísimos y sólo perdió participación en la fuerza de trabajo total porque el aumento del empleo en blanco fue todavía mayor. En el período, la brecha salarial entre empleados registrados y no registrados pasó del 120% más de sueldo al 140 por ciento. Más de cuatro millones de trabajadores informales constituyen un núcleo duro de la pobreza y la desigualdad.
Los economistas advierten, además, que en este segmento “las únicas posibilidades de aumentos salariales parecería presentarse cuando la necesidad de absorción de mano de obra es excesiva”. Y se preguntan cuáles son las chances de conservar poder de compra de estos trabajadores en un escenario recesivo.
La eliminación de la Tablita de Machinea, para los empleados con sueldos de bolsillo de más de 7.000 pesos, o los planes de compra de autos 0 km son medidas que apuntan a otro lado: al sector sindicalizado y mejor pago del universo laboral. No parecerían las mejores políticas redistributivas en una economía que se vuelve a deslizar sobre el tobogán.
jueves, 9 de abril de 2009
Reportaje sobre el Grupo Fénix, el INDEC y el estado de la economía
Reportaje de Silvio Huberman, La Buena Nueva, Radio El Mundo
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